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Receta para ciudadanía a la europea: el otro

, de Aida Dos Santos

Hay una fuerte presión de las ideas, de marcar como ya hemos apuntado las diferencias ante el miedo a la “invasión”, y en este miedo no solo se expresa el rechazo hacia lo no comunitario, sino que la xenofobia europea se extiende también hacia considerar inferior al nuevo europeo.

Autores

  • Politóloga por la Universidad Complutense de Madrid promoción 2010-2014. Premio del Centro de Excelencia Jean Monnet - Antonio Truyol en 2011 y en 2014. Actualmente alumna del Centro de Estudios Financieros donde preparo mi ingreso al cuerpo de Interventores-Tesoreros de la Administración Local.

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Qué queremos decir con esto, pues que la construcción de la identidad europea se ha ido formando desde hace bastante tiempo, y que la construcción como ya hemos apuntado se ha hecho por medio de la afirmación de una identidad frente a las otras, y estas otras, con las sucesivas ampliaciones de la Unión han pasado a ser también parte de las nuestras.

Un proceso que crea confusión en quién soy yo y quién es el otro. Ya que en mi opinión, debe pasar un tiempo hasta que el recién llegado deja de ser considerado no tanto ya diferente como inferior, y se crean capacidades para entenderle igual al resto de los ciudadanos europeos.

Este es desde mi punto de vista el caso de Turquía, que lleva media vida tocando a la puerta de Europa, no podemos negar que muchísimos de los que ya se consideran europeos no consideran a los turcos con las mismas características que ellos. Y dadas las expresiones xenófobas que asolan Europa, me veo en la triste situación de reconocer, que aunque defiendo la entrada de Turquía en la Unión precisamente por la aportación a la heterogeneidad, se debe hacer un largo proceso, que no será nada fácil, de tolerancia y no discriminación hacia la población turca.

Se ha ido conformando un fuerte proceso de posicionar la identidad europea frente a la identidad que creemos que comparte el norte de África, y ahora será una difícil empresa deshacer el camino para que se pueda ver a los turcos como europeos. Entramos también en el debate de que va primero: que se desarrolle un sentimiento europeo, el cual por cierto todavía no está definido, para solicitar la entrada en la Unión, o que se entre a formar parte de la Unión y que una vez dentro se desarrolle el programa identitario. Porque entonces ¿cuánto tiempo hace falta para que los ciudadanos de un Estado que acaba de entrar en la Unión desarrollen ese sentimiento?, un sentimiento, que como ya hemos dicho, muchos de los veteranos de la Unión todavía no tienen claro.

No debemos irnos muy lejos para ilustrar el fenómeno de rechazo social hacia el inmigrante, aunque casi no tenía sentido político cuando sucedieron los terribles acontecimientos en el pueblo de El Ejido, aquellos momentos de tensión que se percibían por televisión me hacían pensar que algo se había torcido, dejaron a la opinión pública, tanto española como europea atónita, al comprobar cómo se estaban dando unos fenómenos que se creían erradicados de la vida europea. Porque se rompió la regla de lo que Balibar considera la diferenciación entre las políticas liberales democráticas y las políticas conservadoras o reaccionarias, basadas en esencia en la manera de alinearse frente las discriminaciones étnicas. Ya que en el trágico suceso de el Ejido, se formaron frentes contra la población inmigrante (principalmente marroquí) indistintamente del color político de las gobiernos municipales, desde Adra hasta Roquetas del Mar.

Pero nos seguimos echando las manos a la cabeza cuando observamos la manera en la que tanto Francia como Italia despachan a los ciudadanos rumanos que deciden residir en esos países, que no debemos olvidar que son comunitarios y sin embrago son subidos a un autobús hacia su país de origen. ¡Y queremos que acepten a Turquía! ¡Y dar asilo a los sirios!

Hay un severo impedimento para definir la identidad de la Unión Europea, ésta se ha ido basando en unos ideales, que no son únicamente europeos aunque por lógica, se han germinado en el viejo continente. Es decir, que los ideales de democracia, libertad, derechos humanos, tolerancia, y laicidad, traspasan las fronteras europeas, es más, se propugnan muchos de ellos a través de la Organización de las Naciones Unidas. Si ponemos estos valores como requisito para ser europeo, nos daremos cuenta de lo que denominados nuestra cultura está mucho más extendida que nuestras fronteras. Deberíamos abrir por lo tanto las puertas de nuestro idílico mundo a todos aquéllos que compartan nuestros valores. Y por supuesto que este no es el fin de la construcción de la identidad europea, que su sentido recae en que sea europea e identifique a los ciudadanos dentro de las fronteras de nuestra Unión. Para cerrar con este punto, es de extrema urgencia si se quiere lograr una definición de la ciudadanía con la que los ciudadanos se sientan identificados, que éste se convierta en el centro de la Unión Europea, que se construya una identidad europea capaz de generar a su vez una sociedad civil europea. Esto pasa por una mejora drástica del sistema de información, se debe atraer al ciudadano, se le debe construir una Unión Europea que llame la atención, que se vea necesaria para el ciudadano no solo por motivos mercantiles, creando así los pasos para una ciudadanía cada día más activa que se muestre por lo menos, enterada de los programas adoptados, y si ya se consigue que salga beneficiado, pues mucho mejor.

La ciudadanía la debemos entender como un atributo que se reconoce por que ha sido otorgado por el Estado, pero que además está basado en la hipótesis según la cual los ciudadanos comparten valores y normas de comportamiento que permitan una convivencia y nos dota de una identidad colectiva específica.

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