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Extracomunitarios en Europa

, de Aida Dos Santos

Volvemos a citar, ya por tercera vez, el dilema europeo, qué se nos está pasando por la cabeza para considerar viable una Europa democrática que se defiende a través de políticas que significan la exclusión de la vida política, por no decir de los derechos sociales y civiles de todo aquel que no haya nacido en un Estado Europeo.

Autores

  • Politóloga por la Universidad Complutense de Madrid promoción 2010-2014. Premio del Centro de Excelencia Jean Monnet - Antonio Truyol en 2011 y en 2014. Actualmente alumna del Centro de Estudios Financieros donde preparo mi ingreso al cuerpo de Interventores-Tesoreros de la Administración Local.

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Me ha llamado especialmente la atención cuando en el libro “La ciudadanía Europea”, en la página 42, se pude leer:

El Tratado de la UE establece una base político-legal de “ciudadanía europea” pero entendida únicamente como un complemento de la nacionalidad. Es decir, solamente son ciudadanos europeos los nacionales de un Estado de la Unión de este modo, obtienen algunos de los derechos en el conjunto de los Estados de la Unión Europea que eran exclusivos de los nacionales.

Resalto la palabra solamente, porque se tiende a ver lo bonito que es ser ciudadano europeo, pero no se cae en la cuenta de que hay excluidos.

Europa no puede vivir, ni pretender hacerlo, en un estrato donde no reconozca que tuvo un pasado como continente de emigrantes (con la actual era globalizadora no ha dejado de serlo), y que se ha ido convirtiendo en el destino frecuente de inmigrantes.

Las corrientes migratorias no pueden frenarse, no le podemos limitar a una persona que escoja donde quiere vivir o done quiere trabajar por el hecho de donde haya nacido, con la excusa de que queremos controlar la economía y la seguridad del país. El control de la inmigración no deja de ser una limitación a la capacidad del individuo para moverse.

Las modalidades según las cuales se definen y aplican las políticas de lucha contras las exclusiones y las discriminaciones constituyen la piedra de toque de la democracia, en un mundo donde la nación autosuficiente no se da en ninguna parte, ni siquiera en las naciones dominantes de la economía mundo.

¿Entones cómo permite Europa que se den discriminaciones con los extracomunitarios? ¿Cómo sigue defendiendo y abanderando un ideal democrático cerrando los ojos a la realidad en la que viven decenas de trabajadores y de trabajadoras?

Cómo es posible que se defienda una gestión democrática, si una parte importante de su población está de entrada formalmente excluida por su estatus jurídico-político. Esta consideración de excluidos favorece la aparición de actitudes xenófobas y racistas. El extranjero se convierte en un excluido, las promesas de cooperación y solidaridad se invierten llegando a tomar la forma de un avión que repatría a los ilegales.

La Unión Europea, reducida únicamente a los valores de rentabilidad-competitividad, ponen en peligro a muchas personas que no son comunitarias, y que por ello viven con el miedo a tener que irse.

Recuerdo de “Las uvas de la ira”, como la familia protagonista, naturales del Estado de Oklahoma, se juegan la vida por llegar al Estado de California, con la idea en la mente que allí se podía ir comiendo la fruta que crecía por los árboles de los magníficos paseos peatonales. Y de cómo, a lo que se dedicaron fue recoger melocotones, por una miseria, y que en cuanto los californianos se encontraron con el crack del 29 en las narices, la recogida de melocotones les pertenecía. No es más de lo que ha ocurrido en Europa en el siglo XXI.

Es claramente reconocido por el Derecho Internacional Público, que debe otorgar el mismo tratamiento a las situaciones iguales, pero en el caso de personas comunitarias y extracomunitarias, el segundo debe pelear por un reconocimiento.

Jean Leca, establece una concepción alternativa a la preconizada en el Tratado de Maastricht, que conjugaría el primer modelo de comunidad política incluida con un modelo de comunidad cultural igualitaria y pluralista. Ya que si se entiende como una identidad democrática, ha de configurarse como identidad plural.

Otra razón importante para no cerrar las puertas a la inmigración es el hecho de que estamos viviendo en una Europa ciertamente estéril, desde hace varias décadas que la curva demográfica decae, y la población inmigrante es en su mayoría joven, y con pretensiones de tener familia, familias formadas por dos y más hijos, mientras que las familias europeas cada vez destacan más por ser familias con uno o dos hijos. Pero es aquí donde aparece un conflicto de identidad, esos niños que nacen en Europa son consecuentemente europeos, y rompen con la “homogeneidad”.

De todos modos se han hecho avances en la regulación de las personas extracomunitarias: reformas, para promover la residencia legal, a la movilidad dentro del espacio europeo, como reconoce Schengen, y para pasar de esta a la ciudadanía europea. Al igual que el derecho a prestaciones derivadas de la actividad laboral de un extracomunitario dentro de la Unión en beneficio de sus familia, cuando los miembros de ésta sean ciudadanos europeos.

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